Todas las mañanas del mundo, de Pascal Quignard: reseña

Todas las mañanas del mundoPor Gerardo Lima

La música… No. Perdón: la Música, y el silencio también, se hacen presente, porque es todo lo que necesita un músico para entender el principio que antecede al “arte más puro de todos”: la Música. Y además, el silencio es una pausa como es fin, el camino al que se dirige el artista, el sensible compositor, el rasgador de cuerdas, el creador, y sí, también el escritor. Pascal Quignard es el indicado, el elegido, para hablar, escribir, describir y sentir la música depositada en la eternidad, ya sea en el recuerdo colectivo o en una partitura leída con calma por un amante de la armonía y la melodía. Porque Pascal Quignard pareciera ser algo más que un escritor. Su formación no dice demasiado de otras artes u otras actividades: música, dirección, fotografía, etc., pero sí da cabida a la dirección editorial. Quignard ha sido director de Gallimard. ¿De dónde proviene, pues, su sensibilidad tan exquisita?

Los libros de Quignard pueden parecer, en un principio, pedantes. Pascal podría ser solamente el diletante francés pagado de sí mismo que se cree el centro del universo cultural: el más sabio, el más erudito, el de mirada más inquisitiva y aguda, el de gusto excelso. Sin embargo, una vez sobrepasada esa impresión, el lector fácilmente puede encontrarse con la delicadeza, la armonía y la honestidad con la que escribe este autor francés.

Llegar a Quignard es sinónimo de arribar a buen puerto. No es lo más sencillo del mundo, pues los libros del autor no son tan fácilmente conseguibles. Difícilmente hay en una librería comercial un libro de Quignard. Y las librerías comerciales son las más en estos días. Sin embargo, algún libro sí podrá encontrarse. Sexto Piso ha editado hace no mucho Las solidaridades peligrosas y también Butes, un librito muy curioso sobre un personaje apenas mencionado por Apolonio de Rodas, pero que se convierte en la guía hacia la poesía y la reflexión musical hasta llegar al mismo Orfeo. Galaxia Gutenberg se encarga de otros títulos también, aunque su precio ya no es nada accesible. Ese es el gran problema con los libros: muchos son lo bastante caros como para no acceder fácilmente a ellos.

No quisiera hacer una apología de la literatura “seria”. La literatura “seria” me parece toda aquella que es sincera y bien trabajada, sin importar su tema o sus recursos utilizados. Por supuesto, esto no quiere decir que mucha de esa literatura “seria” sea mala. A veces el mensaje puede ser incorrecto, o la argumentación no ser la adecuada. A veces simplemente es el aburrimiento el que recorre las líneas del texto. En lugar de literatura “seria” o “comprometida” (se abusa mucho de este término) podría hablar de literatura buena o literatura mala. Pero el problema sería el “gusto”, la percepción del lector, la mía y la de otros miles de lectores que tienen una perspectiva distinta, más compleja o más inteligente. ¿Cómo decirlo? A través de un rodeo.

Las editoriales más grandes en español, llámense Penguin Random House, Océano o Planeta (no hay muchas otras, al parecer), publican una gran cantidad de libros basura: esos libros de youtubers, de consejos culinarios dudosos, dietas, horóscopos, libros de autoayuda cuyos contenidos son obviedades y poco más, inspiraciones semifilosóficas de “grandes” pensadores de nuestro tiempo, biografías políticas absurdas o hasta bestsellers facilones. Las copias de obras como Perdida, Crepúsculo, Los juegos del hambre o Cincuenta sombras de Grey abarrotan los estantes. En teoría, es lo que los lectores, la mayoría de ellos, quiere leer. Lectores ocasionales, claro. Lectores que no pasan de un género, que no se adentran en las posibilidades que la literatura ofrece. Pero si las editoriales ofrecieran más obras como las de Quignard, en lugar de “lo nuevo” de un youtuber o el thriller “más emocionante” de la historia (que se olvidará tan pronto llegue el siguiente), hasta los lectores ocasionales tendrían una oportunidad mayor de acercarse a obras que los toquen profundamente.

Todas las mañanas del mundo es un delirio de la forma, la belleza contenida, el adagio que apenas va presintiéndose hasta convertirse en una tumultuosa corriente de sensaciones grandilocuentes, bellas, sublimes incluso, atiborrando el oído, la vista, cada sentido del lector. Porque Todas las mañanas del mundo es el libro en el que se basó la película del mismo nombre, un filme francés de excelente factura, donde Gérard Depardieu no desmerece como Marin Marais, un joven aprendiz de viola en la Francia del Siglo XVII. Pero ni el libro ni la película retratan la vida de Marin Marais, pues más importante fue Sainte Colombe, su maestro, el compositor silente, el músico verdadero, aquel de quien Marais aprendió cada vestigio de su arte para convertirse no en un perrito faldero de la corte, sino en un músico.

El libro, aunque suene un poco extraño, puede convertirse en un gran acompañante para la película. Y lo digo de esta manera porque, asombrosamente, el filme sigue, paso a paso, la narración de Quignard. Los detalles son incluso más pronunciados en la película. Sorprende porque es ya costumbre que los guionistas cambien distintas cosas para “adecuarlas” al lenguaje cinematográfico, incluso si los autores también hacen el guion. Acaso será que la construcción de Quignard es tan magnífica en su simplicidad que no es necesario hacer vericuetos para calzarlo con el lenguaje audiovisual. Por supuesto, el mismo Quignard parte desde otra vertiente del arte: la música. Y es que las composiciones, tanto de Marais como de Colombe son exquisitas, delicadas, sencillas como la caída de una hoja de sauce, tendiendo su vuelo hacia el fluir de un río, o como el sonido que hacen los árboles al raspar con sus hojas la pared de una cabaña de madera.

“Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno” nos dice el narrador después de haber contado las tragedias, las tristezas, la música casi olvidada y rememorada después de los años. Y entonces nos cuenta cómo es el encuentro entre dos músicos: el de la pérdida y el del encuentro: Sainte Colombe, quien sólo espera la muerte para encontrar a su esposa; Marais quien halla la sutileza de la música, esa que ocurre después de la pausa, del ensayo donde se es mono de circo, para convertirse después en un hombre sensible hablando con el lenguaje no expresado con las palabras, pues las palabras se escapan como el agua de la lluvia entre los pliegues de la tierra.

Desde que se conocen, Sainte Colombe y Marais se saben suyos, se sienten como dos personalidades de la misma esencia, pero no logran comprenderse. La actuación de Marais no es justa ni tampoco loable, pero Quignard jamás juzga, no presenta nada como encomiable, pero sí como humano, profundamente humano: el actuar errático, la sensibilidad exacerbada, el error y el egoísmo, el ansia de inmortalidad y la serenidad que conlleva el destino completado. La personalidad de Sainte Colombe es presentada con exactitud: su rigidez, su frialdad, su parquedad de palabras. Y ambos se entretejen gracias a las hebras que son los personajes femeninos: las hijas del compositor maestro.

Habiendo visto tantas películas y leído tantos libros contemporáneos, es extraño que un libro actual pueda conducirme hasta las lágrimas. Una obra de arte tiene la sensibilidad para ello; pero pareciera valer más el agrado, el gusto simplón, el placer inmediato que la impresión profunda, aquella rememorada a través de los años. Aquí, pues, Quignard presenta una obra inmortal, sensible, tristísima y bella. Todas las mañanas del mundo es un libro que es capaz de dejar una aprensión poderosa, una marca indeleble y una vaga sensación de haber arañado algo de trascendencia.

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