Tierra de nadie, de Eduardo Antonio Parra: reseña

TierraPor Silvia Madero

Definir a México es definir un país abstracto, lleno de contrastes. Es hablar de un territorio de hermosos paisajes geográficos, de una historia riquísima en vestigios culturales y de gente cálida y valiosa; sin embargo, es hablar también de un país en guerra constante donde los mexicanos aparecen como cifras de desaparecidos, asesinados y encarcelados en un país oprimido por su gobierno en donde el hambre no cesa. Pero decir esto es describir a México de una manera ligera y superficial, pues para entender la historia de un país, habría que entender primero la historia de un hombre.

El escritor mexicano Eduardo Antonio Parra (1965) nos describe mediante su literatura una parte de México, por medio de diversas historias de seres que habitan en las sombras de un país que aunque da, siempre quita. Su antología de cuentos Tierra de nadie (1999) es un retrato gris de lo mexicano que alude al escritor José Revueltas para argumentar que en toda teoría hay matices, que nada se debe ubicar en lo blanco o lo negro, sino en la cabal frontera de las situaciones; así, cada lector hará sus propios juicios.

Tierra de nadie (titulado así en honor a la novela del mismo nombre del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti) es un libro dividido en tres partes: la primera parte está conformada por cuentos situados en la frontera que divide el norte de México de Estados Unidos; en este apartado podemos ver la línea delgada entre muerte y vida. La segunda parte habla de la vida desde una visión cruda y realista. Y la tercera la podemos situar en historias que van más hacía la muerte por medio de lo fantasmagórico. Así nos encontramos con una acertada elección de cuentos, que logran crear una antología que deambula entre la vida y la muerte gracias a la imagen de la frontera física y metafóricamente hablando.

En la primer parte de Tierra de nadie está el cuento “La piedra y el río”, que habla de Dolores, una mujer que vio partir a su amor rumbo a Estados Unidos y que aun después de muchos años lo espera sentada en una piedra frente al Río Bravo. Dolores, quien vive en una humilde choza en compañía de varios gatos a quienes alimenta como si fueran sus hijos, se levanta desde temprano para situarse en el lugar de siempre a contemplar el río. A veces llegan personas que cruzarán hacía el otro lado de la frontera con Dolores para que les de la bendición, pues se cree que es una mujer con magia, que tiene el poder de hablar con el río y augurar el comportamiento de éste.

La historia de Dolores es narrada desde la visión de un hombre que desde pequeño fue criado por esta mujer, ya que su papá también partió al “otro lado” en busca de una vida mejor. El tiempo pesa cada vez más en el cuerpo de Dolores, cada vez más encorvado y viejo, persistente a esperar a que su amado vuelva, pues dice que lo que no se entierra de alguna manera se niega a morir, y ella nunca enterró el cuerpo de su hombre; por eso es que lo sigue esperando.

El cuento va transcurriendo por medio de nostálgicas pero bellas imágenes en las que los objetos cobran valor; así tenemos que una piedra es la representación de Dolores y el río es la metáfora de su amor, Zacarías. Al final, en un vaivén amorosamente violento, piedra y río se unen para consumar un amor que había quedado inconcluso, creando un cuento bello a pesar de que parte de una historia fácil de situar en la realidad.

En la segunda parte del libro nos encontramos con el cuento “Nomás no me quiten lo poquito que traigo”, que narra la historia de un transexual que trabaja como una prostituta de nombre Estrella, pues dice que por medio del sexo es como alcanza a sentirse mujer. Con este argumento es que podemos situar lo sexual como algo más psicológico que físico, pues los personajes en el relato adquieren el papel de activo o pasivo, según así lo deseen y no según lo estipulado por lo social con respecto al físico.

Estrella es requerida para prestar sus servicios sexuales por dos policías que la llevan en su patrulla a un parque. Esta prostituta reafirma su condición de mujer (en cuanto al rol), con cada caricia que los policías le propinan, aun cuando entre sus piernas se encuentre la reivindicación de que es un hombre, un hombre que guarda en su ropa interior dinero que ha ganado por el placer que su cuerpo ofrece. Al bajar de la patrulla los policías la tratan violentamente al desnudarla. Ella, en un arrebato, pide que no le quiten lo poquito que trae de dinero. Los policías la hurgan y encuentran lo que para Estrella significaría un paso hacia una operación que la convirtiera por completo en mujer; después se marchan tras haberse burlado de ella, quien se queda con sus ganas de mujer.

Este cuento es interesante en cuanto a los símbolos que se valen para explicar lo sexual. Por ejemplo, tenemos a Estrella, quien esconde el dinero que la hará mujer en la parte de su cuerpo que la reconoce como hombre. Tenemos también a los policías como personajes centrales del cuento, ya que estos, al portar un arma, son la representación más cabal de lo supuesto como viril, es decir, la pistola funciona como un falo con el que oprimen al otro, en este caso la mujer (Estrella).

En la tercera parte del libro nos encontramos con el cuento “El Cristo de San Buenaventura” (uno de los mejores cuentos que he leído de Parra), el cual habla de Juan Manuel, anciano odiado en el pueblo de San Buenaventura, pues es considerado un brujo que tiene pacto con el diablo.

La historia es narrada por un maestro temporal que ha llegado al pueblo y que al ver como es maltratado el viejo Manuel, decide averiguar el motivo. El narrador descubre que el anciano fue, junto con su esposa Apolonia, también maestro como él y que juntos llevaron a doce de sus alumnos a una excursión al lago del pueblo para pesca, donde ocurrió un terrible accidente en el que perdieron todos la vida excepto Manuel. Desde entonces es maltratado y odiado por el pueblo de San Buenaventura hasta que logra descansar en la muerte y unirse de nuevo a su mujer Apolonia.

En este cuento podemos ver a Juan Manuel como un Cristo crucificado por su propio pueblo, pues al ser maestro es la representación de la razón y por tanto contraparte de la religión, de lo intangible. El accidente en el lago fue el catalizador para la justificación de que la sinrazón de la religión (pueblo) actuara en contra de la razón (el maestro). Estos elementos simbólicos fluyen en el cuento de una manera armónica, por medio de bellas imágenes que hacen un relato excelso.

La narrativa de Parra es una de las mejores que hay en México en la actualidad (dicho esto sin tintes de fanatismo y de la manera más objetiva posible): construye espacios crudos, pero sin llegar a lo vulgar o lo sucio, pues utiliza un lenguaje poético para hablar de lo mexicano desde México, desde distintas perspectivas y distintas voces: la prostituta, el huérfano, el periodista mediocre, la madre sin sentido de maternidad, el joven envejecido por una vida que nunca deseo, el maestro sin fe, entre otros, con lo que muestra los distintos papeles que el mexicano realiza para aferrarse a la tierra, esa tierra en la que vivimos todos y es de nadie.

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