La maravillosa historia de Peter Schlemihl, de Adelbert von Chamisso: reseña

MaravillosaPor Gerardo Lima

Pensamos en el romanticismo como algo pasado de moda, lejano en el tiempo: una época caracterizada por la exageración de los sentimientos en las obras artísticas. Por ejemplo, en la literatura podemos recordar los exabruptos de Werther o las escenas rimbombantes de Los bandidos, de Schiller, o tal vez algunas descripciones de novelas de Manzoni, Stendhal o Hugo. Y no erramos, por supuesto. Sin embargo, porque siempre hay un sin embargo al hablar de corrientes artísticas, no todo en el romanticismo es exaltación y tragedia y finales tristes. El romanticismo toca un elemento distinto al del clasicismo o neoclasicismo, pues no impera en él la mesura de la belleza sino la maravilla de lo sublime. Y dentro de esas corrientes estéticas hay una que nace con el romanticismo: lo fantástico.

Es entonces cuando surgen los Nocturnos, de Hoffmann, esas revelaciones mitad folclor, mitad creación esperpéntica y lúcida. Es cuando brotan, principalmente en Alemania, las primeras inquietudes y creaciones artísticas en torno al hecho fantástico, haciendo que la literatura explore caminos nuevos (o redescubriendo algunos, tomando en cuenta las narraciones folclóricas, piénsese en los Grimm) e interesantes. Es importante entender que el término “fantástico” aún no tiene la acepción que ha tenido desde Todorov: aquel hecho sobrenatural que irrumpe en la realidad regida por leyes naturales, provocando una sorpresa (a lo menos) en los personajes. El parafraseo sirve para establecer una ligerísima base. Siguiendo con Todorov, se podría decir que narraciones como las del Barón de Motte-Fouqué, o la misma La maravillosa historia de Peter Schlemihl son propiamente “maravillosas” y no fantásticas al engalanar hechos extraños, sobrenaturales, pero aceptados (y hasta esperados por los personajes): la aparición de un hada, la influencia de un guardián hecho de agua, la existencia de una bolsa llena permanentemente de oro o la posibilidad de vender la misma sombra.

En el caso de la obra de Chamisso, puede argumentarse que amerita ser considerada fantástica: a pesar de que algunos personajes parecieran no sorprenderse por hechos sobrenaturales, el personaje principal, Schlemihl, sí que se sorprende ante la irrupción de elementos extraños en su realidad anodina. Inclusive Schlemihl se hace cuestionamientos: ¿los otros no ven lo que yo?, ¿es que nadie se sorprende de la presencia de un sujeto quien posee una bolsa capaz de guardar absolutamente cualquier cosa que se desee o necesite?

Así que, tomándonos algunas libertades, la novela breve del francés germanófilo, Adelbert von Chamisso será tomada por fantástica, obviando así otras caracterizaciones ligeramente confusas, como la propuesta por Alberto Chimal (literatura de imaginación). ¿Y de qué nos sirve esto? ¿Me he olvidado del romanticismo? En realidad sirve de mucho, y por supuesto no me he olvidado del romanticismo, pues todo lo que he dicho ha de servir como preámbulo para entender una situación muy afortunada: el romanticismo, especialmente el romanticismo alemán, abrió las puertas a las manifestaciones artísticas maravillosas y fantásticas. No sólo importaba ya el exterior, el mundo limitado por reglas claras, sino que los creadores y el público lector comenzaron a entender sus propias emanaciones internas, provenientes de la psique, ya como sueño o como elementos simbólicos.

Y la literatura fantástica, maravillosa, o de límites similares, está, inevitablemente ligada a la literatura de terror, tal vez porque, como dice David Roas en Teorías de lo fantástico, el elemento fantástico, su irrupción, conllevan en el personaje una terrible sorpresa al constatar que se rompen las reglas de la “realidad”. Y eso sólo puede generar miedo. No estoy tan seguro de si eso pasa en realidad. No sé si lo único que genera la literatura de terror sea miedo, como tampoco creo que la literatura fantástica provoque esa sensación en el lector. Tendríamos que averiguar, en un ejercicio profundo y sesudo, qué provoca la literatura fantástica y de terror. Para hacerlo más complicado, uno de los cuentos perfectos para establecer lo que un relato fantástico tiene que tener, “El hombre de arena”, de E. T. A. Hoffmann, es también considerado uno de los cuentos clásicos de la literatura de terror.

Esa confusión debida a los límites porosos entre ambos géneros puede provocar dolor de cabeza o simplemente desinterés. Por suerte, hay una tercera alternativa: invitar al lector a ser más abierto y simplemente disfrutar de la literatura, maravillándose con elementos que solo pueden existir en la ficción (al menos oficialmente). La sensación generada en cada uno depende de su psique, de sus valores, imaginación, etc. Lo que nos preocupa entonces es ese pequeño objetivismo al que aspira todo reseñista o lector que busca decir algo de una obra.

Ilustración de La maravillosa historia de Peter SchlemihlNo me gusta el término “crítica”. Tampoco me gusta ser parte de ese tipo de ser humano conocido como crítico. Yo solo aspiro a compartir algo de mi experiencia lectora al enfrentarme ante una determinada obra. Digamos que el afán que yo considero más sincero para quien hace una reseña es el de poder “entender” la obra, ya sea hablando o escribiendo de ella. Así, considero que hablar de una obra clásica del romanticismo alemán es tan necesario hoy como lo fue hace doscientos años.

La edición de la editorial Nórdica me parece soberbia. La maravillosa historia de Peter Schlemihl, una novelita muy corta, aparece ilustrada gracias a las mágicas artes de Agustín Comotto, además de haber sido editada en cartoné, con sobrecubierta. La editorial Nórdica, como lo dice su nombre, se encarga de editar libros de escritores nórdicos (suecos, noruegos, islandeses, finlandeses, daneses y feroeses). Sin embargo, sus ediciones ilustradas me parecen bellísimas, bien cuidadas, siendo una gran competencia para Libros del Zorro Rojo, otra editorial de ediciones ilustradas. Los dibujos que ha hecho el argentino Agustín Comotto calzan a la perfección con la descripción del personaje. Si bien no son demasiado complejas y se centran principalmente en el personaje, el uso de unos cuantos colores (negro, rojo y blanco) funciona para acentuar los angulosos rasgos de Peter.

Por cierto, ¿de qué trata la aventura de Peter Schlemihl? La historia funciona como un cuento de hadas; está entre ese límite en que se situaron los hermanos Grimm o el barón de la Motte Fouqué: el cuento de hadas, la tradición folklórica y la ficción fantástica, apenas naciente en esa época. Si bien ya había sido publicado El castillo de Otranto, de Horace Walpole o El diablo enamorado, de Cazzotte, en Alemania aún debía surgir una pujante corriente artística en los escritores anonadados por la tradición, y después por el Sturm und Drang. Pero, aunque las obras fantásticas de Chamisso, Hoffmann, Kleist o Tieck no son tan famosas como lo es Fausto, la grandilocuente obra del sabio de Weimar, eso no indica que sean menos importantes. Es inaudito cómo en el mismo occidente (aún Latinoamérica bebe de Occidente) se desconocen obras que han marcado a otros autores, desde Heine a Thomas Mann, y eso sin contar a los autores contemporáneos, a los creadores de ficciones fantásticas en Europa, porque ellos pudieron acceder a obras como el Peter Schlemihl.

La obra de Chamisso funciona como un cuento de hadas más que como una historia de terror. Y hay que aclarar que, aunque aparece un ser muy diabólico en La maravillosa aventura…, no hay visos de que la intención de Chamisso fuera escribir una obra tétrica y siniestra, como sí lo fueron las creaciones (no todas) de Hoffmann. Ya se sabe, en la novela se halla la prescripción: no se debe tomar a la ligera la integridad, física o espiritual, de uno mismo al ser deslumbrado por las riquezas. Porque en la novela, Peter es tentado por un personaje oscuro, patético y muy macabro, quien le propone un intercambio que, de seguro, le será redituable al protagonista: cambiar su sombra por un tesoro inimaginable. Peter acepta al serle prometida la “bolsa de Fortunato”, una “reliquia” de la cual puede extraerse dinero sin fin. Cabe mencionar que la reliquia tiene visos folclóricos y tradicionales, pues en los cuentos para niños en Alemania aparecen objetos como los de la novela de Chamisso, otorgándole una profundidad mucho mayor a los símbolos de la novela.

Perder la sombra es perder la identidad: vender el alma. Porque la sombra se convierte en el símbolo de la esencia: no es tangible pero dibuja a la persona, la identifica de manera profunda, es parte inextricable de él, pues aunque no se toca, ella demuestra la existencia del cuerpo que la proyecta. Y Peter descubre que vender esa “cosilla tan inocua” le llevará hacia un camino aciago y terrible, por mucho que se las arregle para sobrevivir y pasar como una persona “respetable”.

Es poderosa la imaginación de Chamisso, la definición de una realidad social en la que los elementos, en un principio maravillosos, se transforman en fantásticos. El toque de Chamisso, muy brillante, fue el de oscurecer lo que podría ser demasiado luminoso y pedagógico. Lo sombrío de las situaciones, los paisajes y hasta los personajes, como aquel hombre que compra la sombra de Peter, sustituye a la sombra perdida de Schlemihl, haciendo que cobre la novela un cariz mucho más tétrico de lo que podría pensarse en un principio.

La edición de Nórdica es una delicia. La traducción es muy buena: las notas ayudan a orientar ciertos aspectos oscuros, o del idioma, y la introducción es de Thomas Mann; y eso, sin hablar las bellas ilustraciones (algo tienen los ilustradores argentinos). La maravillosa historia de Peter Schlemihl no ha envejecido, como muchos relatos del romanticismo alemán que aún siguen estando vigentes, y cobra visos de tonalidades “vanguardistas” en esta época, pues se perciben de una manera distinta, no tan ingenua, a como se percibieron en su época. La sombra de Schlemihl se convierte en la metáfora de muchas cosas: la esencia de una persona, su alma, la oscuridad de su ser, el núcleo de la persona, la máscara que no puede quitarse, y eso provoca que el lector se sienta agradecido, admirando la historia tan actual, a pesar de los años, que escribió ese francés germanófilo llamado Adelbert von Chamisso.

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