Los gatos de Schrödinger. Entrevista a Franco Félix

13071858_10206615939059332_1504101768501441211_oPor Andrés Guerrero

Franco Félix (Hermosillo, 1981) nos sitúa en el hábitat de la quietud y el abandono, donde la inmovilidad es el curso aparente de las cosas: el desierto. En Los gatos de Schrödinger (Tierra Adentro, 2015) también existe un espacio donde “el caos y el absurdo sí conversan”, dice Franco. Dentro de la narración, Doctor Existencialista y Rábano mantienen un diálogo en una escena postapocalíptica donde aún hay tiempo para reflexionar sobre el psicoanálisis de Sigmund Freud y la posibilidad de haberse convertido en zombis. La inconsciencia, el desconcierto y la ausencia de certezas impactan al lector, le brindan posibilidades para interpretar la gran alegoría, el discurso que encierra la novela. Leer Los gatos de Schrödinger es escuchar el hola de una realidad abyecta y desconcertante, de reflexiones crudas, donde la imaginación nace de la inesperada construcción de los sucesos. Por estas y otras razones se les invita a leer a Franco Félix, a quien en esta ocasión tuve la oportunidad de entrevistar para que él mismo nos hable de su novela.

Los gatos de Schrödinger recibió el Premio Binacional de Novela Joven 2015 Frontera de palabras/Border of Words ¿Cómo decides participar en el certamen? ¿Ya tenías dispuesto el texto para este concurso o habías pensado en destinarlo a otras convocatorias literarias?

Yo viví en Tijuana un par de años (2010-2011). Ahí conocí la convocatoria del Border of Words. Fueron días muy extraños. Me imagino que eso le ocurre a todos los foráneos que llegan a esa ciudad fronteriza: sienten que la ciudad es extraña, atípica. Se respira un oxígeno enrarecido. Es como si, al pasar la Rumorosa, arribaras a un escenario de la “Dimensión desconocida”. Tijuana es un coctel cultural: se mezclan distintos perfiles provenientes de todo el país y de fuera de México. Por entonces, yo trabajaba en una agencia de publicidad y vivía en la colonia Postal. Ahí cerca había un supermercado (Calimax) y lo frecuentaba diario. Me hice amigo de muchos empleados. Y, curiosamente, cada vez que iba a comprar jamón o una cubeta, o cualquier cosa, ocurrían incidentes muy bizarros. En la panadería, por ejemplo, conocí a un tipo que decía ser como yo, un anciano vestido con chamarra y gorra de los Dodgers de Los Ángeles. Lo llamaban El Chato. “Tú y yo somos iguales. Estamos atrapados en un laberinto de confusión. Somos iguales”. Al tiempo que decía esto, me extendía su brazo derecho para que lo observara. En la fosa del codo tenía un tatuaje que decía: Club del Castillo. Yo, en mi brazo izquierdo, tengo una frase de Kafka que dice: “Este pueblo es propiedad del Castillo”. Fue alucinante. Yo caí mesmerizado por su simpatía y encantos excéntricos. Lo acompañé hasta la caja. No podía dejar de escuchar su historia. Había estado en la cárcel en Estados Unidos y lo llamaban Bulldog. Un par de décadas atrás, se había ganado la vida como chofer de una carroza fúnebre. Sin embargo, un día, accidentalmente, atropelló a uno de los familiares del cuerpo que transportaba al cementerio. Fue acusado de homicidio culposo. El funeral, como te habrás imaginado, resultó kafkiano. Así como esta, sucedieron muchas cosas en el Calimax. Una cajera que, según yo, me guiñaba el ojo. Yo deliberadamente pasaba por la caja que ella atendía. Visitaba el súper en sus horarios. Estaba enamorado. Aunque, como soy muy tímido, no la veía nunca al rostro por más de medio segundo. Al final, me di cuenta que tenía una enfermedad o un tic nervioso que hacía que cerrara el párpado continuamente. El romance imaginario fue intenso (pensaba que teníamos un amor secreto y de cooperación sigilosa), y el descubrimiento de la causa real terminó sumiéndome en una depresión que me duró varios días. La cajera jamás se enteró.

Con todas estas escenas escribí una novela llamada Craneotomía y la metí al concurso Premio Binacional de Novela Joven Border of Words. Perdí evidentemente. Las locuras del personaje principal no convencieron a nadie. La novela está por ahí en un cajón. Es bastante psicodélica. Espero algún día hacer algo con ella. Como sea. Yo después me fui a la Ciudad de México y luego a Hermosillo. Aquí, en mi ciudad natal, pensé en volverlo a intentar. Siempre quise ganar ese premio, porque lo habían tenido autores como Yuri Herrera, Julio Pesina o César Silva. Escritores, me parece, de gran estatura en las letras mexicanas. Bueno, además porque solo participan los estados fronterizos de México y los fronterizos de Estados Unidos. Mayor oportunidad. De no ser por eso, alguno de los escritores del centro del país lo hubiera obtenido. Hay una gran cantidad de autores que podrían haber ganado porque son realmente buenos. Brindo con Moonshine porque no participaron.

¿Qué representa para ti que la publicación de la novela se acompañe de un premio binacional?

La verdad no significa nada. Ya lo he dicho antes. No creo que un premio literario represente algo verdaderamente trascendente en tu escritura. En México hay muchos premios y muchos escritores premiados que no volvieron a publicar nada. Los premios son estímulos económicos. No más. Como autor no has llegado a ningún lado; no hay plataformas ni metas cumplidas. La escritura no tiene umbrales de terminación. El trabajo del escritor no consiste en ser perseverante y esperar una recompensa por ello. La ocupación es continua e imperecedera, obsesiva y enfermiza. Así como una medalla no garantiza nobleza, un galardón no avala que seas un escritor probadamente bueno. Es más, ni siquiera esto: si vendes millones de ejemplares de tu novela no hay evidencia de tu calidad como escritor. Eso le pasó a Richard Brautigan, que publicó La pesca de la trucha en América en 1967, uno de los libros más vendidos en todo el mundo. Antes y después de este hitazo, solo recibió cartas de rechazo de las editoriales. Parece que la “magia” le duró para una novela. De cualquier manera, el hombre se volvió un millonario y antes de suicidarse, invirtió su dinero en una fundación: La Biblioteca Brautigan, que solo recibe manuscritos rechazados. Esta alucinante institución publica un solo ejemplar de cada libro que envían los escritores repudiados por el aparato comercial de la literatura. La cosa funciona así: si tienes un libro que nadie quiere publicar, tienes la opción Brautigan. Solo debes enviar tu manuscrito y adjuntar las cartas de rechazo. Ellos imprimirán tu novela y la anexarán al catálogo. Es una maravilla. En fin, no nos desviemos. Lo que quiero decir es que no: ni un premio ni millones de libros vendidos (ahí están Coelho y Og Mandino) garantizan nada en tu escritura.

Los que no han leído la novela, ¿qué encontrarán en Los gatos de Schrodinger?

Trataré de ser más breve desde aquí. Veamos. Yo espero que encuentren una desarticulación del escenario y de los personajes arquetipos en el desierto. La mayoría de la gente (esto suelo decirlo en las presentaciones y soy vapuleado) piensa que el desierto, como toda extensión de la naturaleza, es el locus amoenus del norte de México. Han idealizado el espacio, el territorio árido, como lugar de conexión con la interioridad y la Madre Tierra, ese tipo de rollos hippies que están arraigados en toda la sociedad. El desierto, piensan, es bueno. Pero no, el desierto es un no-lugar, un receptáculo de violencia, de la última etapa de la violencia: el abandono de los cuerpos mutilados o asesinados. Habrá gente que diga: “El desierto no tiene la culpa”. Claro que no, ni siquiera es posible alegar eso. Los que tienen la culpa somos nosotros, los seres humanos, que sacralizamos y profanamos todo. Primero sacralizamos la naturaleza y luego la profanamos. ¿Cómo es esto? Seleccionamos un lugar y lo saturamos de significado (el desierto es un lugar de meditación; ahí tienes al tal Jesucristo y sus 40 días en el páramo) y después, como especie autodestructiva, asesinamos al prójimo y seleccionamos este mismo territorio para depositar los cadáveres (el narco desaparece a sus víctimas en la inmensidad del desierto). No creo en las zonas de consagración. Las iglesias (recintos supuestamente benditos) esconden pederastas, los edificios de gobierno ocultan a los más grandes saqueadores, las jefaturas de policías encubren a los peores criminales, las escuelas disfrazan a miles de ignorantes, la naturaleza disimula también su bondad. Ahí afuera, como acá adentro en las ciudades, existe el mal. Lo que espero que el lector encuentre en el libro es una reflexión. Solo eso. Que encuentren una desarticulación de axiomas. Nada es lo que parece.

Me es inevitable después de leer Los gatos de Schrodinger preguntar sobre su origen. ¿De dónde nace la idea de la novela? ¿Qué es lo que detona el mundo que protagonizan el Doctor Existencialista y Rábano?

Son varios detonantes. Pero el más primitivo tiene que ver con el desencanto. Tengo un doctor de cabecera, así digo yo, “tengo”, para sentir que estoy protegido simbólicamente por un médico y hacerme creer que todo va bien acá con mi cuerpo. Dale. Es un eufemismo. Pero así me gusta llamarlo. Mi doctor. Bueno, en una ocasión estaba por partirme en dos de la ansiedad. Un dolor en el costado izquierdo del pecho no me dejaba dormir. Así que lo consulté. Me pidió que me sacara unas radiografías. La placa, en el punto de dolor, mostraba una mancha irregular. Incluso yo la vi. Cuando se la mostré, me dijo: “Ah, caray. Qué es esto. Tengo que mostrársela a un maestro especialista”. Mi paranoia se activó. ¿Cómo? ¿Qué mierdas es eso? ¿Si no lo reconoces es un agente maligno? ¿Voy a morir? “Todos nos vamos a morir”, me dijo. Su tranquilidad, más que desconcertarme o escandalizarme, me ofreció una certeza. Pues sí, me dije, eso es cierto. Luego fuimos a tomar unas cervezas que me invitó él. “Por si son las últimas. Salud”, decía. Esta resignación y este desencanto me condujeron a una epifanía existencialista. Así que dibujé, inmediatamente a los personajes, el Doc y Rábano. Luego, vino el desarrollo de los espacios y la trama. En principio quería desbloquear este pánico por la muerte y liberarlo para convertirlo en una reflexión más desenfadada. ¿Cuál es uno de nuestros grandes miedos mortales en México? El pensamiento llegó solo. Las cifras de mortalidad a causa del narcotráfico son devastadoras. Pero no quería escribir sobre las causas de la muerte, sino lo que le sigue, el abandono. Imagino miles de cuerpos sepultados en el desierto. La soledad de la carne, el hueso, el polvo. Los miles de recuerdos de sus familiares, amigos, amantes, hijos, dirigiendo equivocadamente su memoria hacia la nada, mientras estos asesinados, alegóricamente, esperan ser encontrados para vincular, por fin, la plegaria de las dos direcciones. Los desaparecidos y los que esperan que aparezcan.

Desde el inicio de la narración se nos introduce a un desierto, cercano a Ciudad Limítrofe, un tiempo-espacio que podría describirse como postapocalíptico, semántica de una realidad abyecta. ¿Es tu visión del panorama del norte de México?

El libro de Los gatos de Schrödinger pertenece a una trilogía compuesta por otras dos novelas que tienen por título Los amos del universo y Debajo del cráneo hay una escuela de surf. La primera ya está terminada. Será publicada en la editorial Solidaridad Press en la Ciudad de México a mediados de este año. Las tres novelas tienen el mismo universo de Ciudad Limítrofe y El Desierto Limítrofe. Mi idea, como te digo, es corregir este impulso axiomático sobre el espacio. Me interesa activar un balance entre lo sagrado y lo corrupto. Porque al final somos nosotros, los observadores, quienes otorgamos un valor a los espacios en el mundo. La ciudad y la naturaleza, ese nuevo binomio temático en la modernidad, imprime un conflicto entre personalidades que defienden principios de choque. No me interesa tomar ningún bando, pero sí rastrear los costados incuestionables del absurdo en cada afirmación. Creo que no tolero los dogmas y me seduce la teoría de Byung-Chul Han que ofrece una lectura acertada: nos autoexplotamos continuamente, el sistema ha diseñado una nueva estrategia que consiste en que nosotros mismos pidamos ser los mejores continua e infatigablemente. Hay un exceso de positivismo que nutre el mecanismo del capitalismo. Así, la escritura de estos tres libros husmea en las materias del consumo, los paradigmas del lenguaje y la ostentación de la verdad como combustible de pugna. Sé que suena extraño y desencajado, pero en mi cabeza tiene bastante sentido.

Jean-Paul Sartre defendía un arte comprometido y consideraba a la literatura como el arte más adecuado para el compromiso, ya que con ella el escritor puede dirigir al lector. ¿Qué opinas? ¿Crees en un compromiso social al escribir?

En absoluto. No creo en los compromisos de escritura. No hay que marginar ningún libro por la ideología de su autor (salvo algunos casos, claro está, como Mi lucha, que tiene como objetivo lavar cerebros y promover el antisemitismo y la supresión de razas). Es imposible hacer un juicio así. Tendríamos que anular a muchísimos textos de escritores como a Céline, Henri Miller, Bukowski, Michel Houellebecq, Roberto Arlt, entre muchos otros. Javier Cercas, en Soldados de Salamina, toca este tema de manera magistral. No creo en el compromiso del escritor, pero sí creo en la responsabilidad como ciudadano, como persona. Es imposible pasar por la escritura como un autista. El país está destrozado. Los textos, al menos, deberían hospedar una reflexión sobre el estado de las cosas. Es necesario pensar la violencia en otros términos que no sean los de la narco-novela. Hay que leer La fila india, de Antonio Ortuño; No tendrás rostro, de David Miklos; La hora mala, de Luis Panini; novelas que estudian este momento y su vinculación con la violencia, el futuro y la indiferencia. No creo que haya que dirigir al lector, pero sí darle una alternativa de introspección. Hay muchas más opciones de pensamiento a las que pueden acceder mediante la lectura y la autocrítica.

¿Nos podrías hablar un poco de Doctor existencialista y Rábano, estos dos personajes que se mantienen dialogando a lo largo de la novela? ¿Cómo los fuiste construyendo? ¿Qué buscabas representar en estos personajes?

Las personalidades de El Doc y Rábano beben directamente de los personajes de Samuel Beckett. Estos diálogos absurdos, llenos de meditación irracional están influenciados por el irlandés, sin lugar a dudas. Se construyeron solos, parte de lo que entiendo como la realidad distorsionada, parte de lo que me dictaban el Amo y mi esquizofrenia y parte de lo que fui corrigiendo para completar el cuerpo de la novela. Me interesaba plantear la distancia real que hay entre la supuesta lógica que impera y la sensatez que hemos perdido. La existencia es confusa, un caos. Esto es claro para mí. Pero en este desorden hay un fino hilo que conduce, un cordón que mantiene la conexión entre mi anarquía cerebral y el mundo real. Hay un mensaje intraducible que subyace en sus diálogos, un mensaje que viene desde lo más oscuro y revuelto del inconsciente: temo que…

Como ya mencioné antes, el espacio que planteas en la novela es muy interesante porque sitúas a los personajes en un espacio único, en una especie de naufragio. Pensé mucho en el teatro al leer la novela, que parece adaptable a ese género por sus elementos dramatúrgicos, como el diálogo, los monólogos, las historias narradas, las entradas de otros personajes, y, sobre todo, el referente muy claro al teatro de lo absurdo. ¿Habías planteado la novela como un obra de teatro? ¿Influyó mucho en la creación de Los gatos de Schrödinger el teatro de lo absurdo?

Los gatos de Schrödinger le debe todo a Beckett, un autor que ha sido para mí el origen de una literatura que expone al mundo descargado de su significación. La existencia, te digo antes, es polisémica y muy ambigua. Trato todo el tiempo de alejarme de mis autores preferidos (Beckett, Kafka, Pynchon, Foster Wallace, Gaddis, Barthelme, etcétera), pero siempre vuelvo a ellos. Y lo hago casi a voluntad. En este caso, la novela homenajea a Esperando a Godot. En este sentido, esta admiración por otros escritores es psicótica porque tiene la fantasía como marco de placer. No solo vuelvo a Beckett por inclinarme y hacer reverencia, sino porque en este nuevo texto (con todo y sus fallos) se prolonga una pieza literaria. Me parece que los escritores hacen eso: desarrollar una extensión de sus lecturas para completar el profundo vacío de los grandes libros que han leído y que los pasmaron. Los autores contemporáneos escriben el epílogo secreto de cada uno de los libros que han cerrado con asombro.

¿Los gatos de Schrodinger es una novela donde radica la desesperanza?

Sí. Soy un tipo desencantado. Pero el desencanto no excluye la risa. La desesperanza tiene muy mala publicidad. Yo me divierto y adopto el humor. No sé si esto sea porque es el último recurso de los condenados (una risa nerviosa), pero en lo que escribo no hay personajes serios, no me interesa desmenuzar nada ni encontrar nada. Soy más bien catastrofista, como el buen Patrick Matthew, un naturalista, enemigo de Darwin, que estaba convencido de que la Tierra debía resetearse continuamente a través de hecatombes naturales para iniciar desde cero. No sé si se pueda arreglar el país. No sé cómo se pueda lograr. La educación es la única respuesta, pero la educación es un proceso largo. Si tuviéramos un gobierno inteligente y se decantara por nutrir la educación y mejorar los procesos didácticos para modificar la cultura (que los niños abandonaran las pistolitas, que dejaran de rapear canciones violentas o misóginas, que no romantizaran a los narcos o los sicarios), entonces esto cambiaría, pero definitivamente no se podría lograr en seis años. Es un proceso lento que requiere de la participación de los partidos políticos (algo que no ocurrirá en México; seamos honestos). Imagina que se apostara por la educación, que un partido de izquierda o derecha (lo dudo, de este lado) lograra encauzar la educación. Para el siguiente sexenio se vendría abajo el plan. ¿Por qué? Porque cada administración desbarata los programas y los vuelve a lanzar, con distintos nombres, distintos logos, distintas plantillas de trabajadores. Todo es cíclico. Nada se mantiene. En todo caso, tendría que haber un proyecto general de educación que se alimentara y se sostuviera sexenio con sexenio. Una chulada, ¿no? Esto es una idea romántica. Y creo que jamás sucederá. Lo que pienso es que estamos más cerca de la autodestrucción, cada vez más próximos al límite. Habrá que ver cómo se formatea este pueblo. Ya se verá.

¿Cuáles son tus influencias literarias a la hora de adentrarte en la creación?

David Foster Wallace, Thomas Pynchon, William Gaddis, Donald Barthelme.

¿Qué sigue después de Los gatos de Schrodinger? ¿Tienes algún proyecto en puerta? ¿Estás escribiendo algo?

Acabo de terminar Los amos del universo, un spin-off de Los gatos de Schrödinger. Este libro abona al universo de Ciudad Limítrofe y el Desierto Limítrofe. Trata sobre un par de magnates, Glen y Danger (aparecen en el capítulo de Perros en Los gatos). No quería abandonar todavía a este par, y escribí una precuela sobre ellos. Estos dos personajes tienen un deseo: eliminar simbólicamente a Ronald McDonald. Con el PECDA, en la categoría de Creadores con Trayectoria, estoy terminando una novela llamada Todos me llaman pelmazo. Ésta va sobre un tipo obsesionado con la nariz de Fogwill. Y tengo una novela terminada desde hace un par de años que no termino de corregir: Maten a Darwin. Este libro está compuesto por dos historias, la primera situada en el siglo XIX científico y el XXI místico. En la primera parte Darwin y otros naturalistas buscan destruir la teoría de la evolución y encontrar el secreto de la inmortalidad y en la segunda se ofrece un panorama excesivamente catastrófico, resultado de haber conseguido el secreto de la perpetuidad. Son demasiados personajes y el gran conflicto es que el mundo se cae a pedazos y nadie puede comunicar su interioridad, el último bastión de autonomía del sujeto, el cuerpo.

Por último, ¿qué te dejó la experiencia de haber escrito esta novela? ¿Existe para ti un antes y un después de Los gatos de Schrödinger?

No. No existe tal cosa. No hay ruptura en mi vida. Sigue exactamente igual que antes de publicar esta novela. Lo que sí hay es satisfacción. Disfruto mucho escribiendo. Soy un tipo muy voluble. Me cuesta bastante mantener los vicios, porque los abandono, los olvido. No sé hasta cuándo llegue la emoción de escribir. Quizá un día se agote y deje de sentir lo mismo. Posiblemente me dedique a la contemplación o a manejar un Uber. Por el momento hay estimulación literaria. Me siento muy contento de ver tantos autores con interesantes proyectos narrativos. Veo algunas coincidencias temáticas y estructurales con muchos escritores en México y eso me complace. ¿Qué me dejó la experiencia? Veamos. Me gusta leer los comentarios de la gente sobre la novela en foros. Hay un gran número de lectores que perciben el mensaje. ¿Ves? El caos y el absurdo sí conversan. Siempre hay alguien que pone atención al balbuceo del gran Amo (el inconsciente). A esa gente, perdida y desconcertada en este país, en este mundo, les digo: hola.

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