Poemas de David Fernández Rivera

david-1-204x300Selección de Manuel Parra Aguilar

 

La cordura del suicida

 

Las ballestas de los camiones

deslizaban en el pasador

de sus entrañas

la bombona rojiza

de una niña vestida de comunión.

 

En ella pude adivinar

la rejilla neumática

sobre el gancho que sostiene la vitrina quemada

en su tabique nasal.

 

Allí puedo verme cuando era niño,

y dibujaba en los folios en blanco de la escuela,

una estantería con las mismas hélices de juguete

que ahora pisotea la plomada del auxilio

bajo los pistones

ensangrentados del autobús.

 

Esta visión,

quiso alejarme de la persiana

para incrustar en cada paso

una granada de azufre

en el continente que seguía perforando

la tristeza

con la colmena

que enmascara mi lecho

en los vendajes

que cubren la grava del revólver

sobre la herida abierta

en el silencio del micrófono.

Mientras tanto,

la astenia colectiva

desplegaba una ovación

en los tacones

que esconden los pliegues de la savia,

a través de un zumbido que sumerge

bajo los calambres del metro,

la ilusión que ahora anestesia

el útero perdido

en el sudario blanquecino

de un caballito infantil…

 

Se detuvo el pulsómetro

y quise volver a verla,

sin embargo,

ya sólo quedaba un encaje blanco

en la misma niebla que atraganté

por entregarle mi mano

lejos del neón que discutía

más allá de la ventana.

 

 

Babel

 

I

 

El diapasón de la fosa

estrangula en la vibración

del torniquete

la fibrosis enquistada

con los muchos ojales

del humo despojado

en la cauterización

sobre el drenaje ficticio

de la tierra.

 

En el coso,

los individuos

siguen la circunferencia

enmascarada

en la misma ambición

que sepulta

el delirio imperceptible

de empujar

el trapecio cosido

a una de las últimas arterias

de la bóveda

con el desgaste

cuchilla

de sus zapatos;

ahora dormidos

en el mismo piso de tungsteno

que injuria

sin doctrina

la cabeza amoratada

en broca la minería

del hombre

 

El grito

se esconde

bajo las extremidades

inflamadas

del ventilador…

 

Ellos no lo saben…,

 

y sus ropajes

no son más

que los prejuicios y sinrazones

tintados

en el mástil

de una bandera

que retiene

sobre sus espaldas

los pellizcos

ahogados

en los colmillos

que edifican

el egoísmo incandescente

en la oquedad adamantina

de la jeringuilla.

 

Esta,

no es más que el vehículo

que descompone

la identidad

de los sujetos

en la exhalación

que viste las paredes

del recinto

con energía

la voluntad

de encontrarse

en una de las catacumbas

que sostienen

el polvo

sobre aquel pavimento

grisáceo y ajado

del plató.

 

 

II

 

Al otro lado de la frontera,

la rotación

siembra diariamente

una película

de neumáticos

sobre el estómago

de quienes ven

cómo sus coetáneos

deslizan

el subterráneo

de una radial

en la voluntad

de proyectar

los nudos arteriales

sobre el crisol ajeno

bajo el mostrador

de la identidad.

 

Sus pechos desnudos

sollozan

en la impotencia

de detener

la tala compulsiva

bajo las uñas

sin flecos

en la savia.

 

Se apagan las luces…

 

La esperanza

de que pigmentos

se encienda

la vidriera

del rosetón,

se desvanece

con la gargantilla

constreñida

en el sudario

amparado en la única azotea

que tirita junto al hombre

del tambor.

 

Antes de que las multitudes

se embarcasen

en las hebras

horadadas

con el elástico

de la aguja

positiva,

todo era uno

bajo las palmas del músico,

en el axioma tatuado

con la fusión acústica

y unitaria

de la piel:

 

el tragaluz

irisado

de la vida.

 

Bajo las horquillas del fénix

 

El sueño

dispuso mis mandíbulas

a horcajadas

de un caballo

metálico,

mientras el costado

reposaba la estrechez

a través de las virutas

de un capó

que todavía sostiene

la lanza

atravesada sobre la placa

de cemento

en la viga maestra.

 

Sesgando

el envoltorio

del polvo,

la almohada

simula esposarme

a las tuberías interiores

de la resistencia.

 

Y comienza a llover…

 

El jergón del habitáculo

se desliza

por los peldaños

de mi garganta,

cuando los nervios

incrustados

en el anzuelo anterior

del vendaval,

me llevan

bajo la lámpara

de la plaza

decimonónica.

En ella,

se disuelven

las proyecciones sepia

de la infancia,

y una mujer

me invita a visitar

los raíles

que amortiguan

la encomienda de su fachada

mientras sostiene

una madeja de helio

en sus guantes

de goma blanca.

 

No puedo responder,

la trampilla

se descuelga

en la profundidad acuosa

de un diferencial,

donde dos antorchas

fecundan la esperanza

de poder entregarme

a los cimientos oceánicos

de la fortaleza.

 

En el zahir de la misma,

una de las dos llamas

se consume

en el deseo de resurgir

sobre la arena

de la playa;

allí,

todavía se promulga

la plegaria

de poder aguardar

el corte celeste,

ahora desplegado

bajo la nocturnidad

agitada

en el escalofrío

impreso

bajo el mural

adherido

a los colmillos

de las gigantescas

avenidas

del fénix.

***

David Fernández Rivera (Vigo, España, 1986) ha publicado los libros de poemas Canciones de mi ausencia, Alambradas y Sahara, entre otros.

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