La mansedumbre del pez, de Carolina Massola

10466686_10152530430656214_93432743_nPor Manuel Parra Aguilar

“Todo entre lazado irremediablemente amorosamente anudado”, dice el hablante en uno de los poemas que integran La mansedumbre del pez, de Carolina Massola (Buenos Aires, 1975). Tal vez sea ese lazo irremediable, anudado con amor, el que mejor se acerque a lo que Massola expresa en este libro, donde se conjugan una arborescencia de sonidos y una tremenda vegetación de animales en huida, todo en un encontrarse entre las cosas.

Massola parte de la docilidad que ofrece el mismo título del libro para aludir a la suavidad en el trato con las cosas, pero también parte de lo efímero, de lo pequeño hacia lo cósmico. Para el hablante de estos poemas, el espacio que habitamos tiene un orden, independiente de la voz de la propia poeta: los sonidos en los elementos del aire, del cielo, el agua y la tierra se corresponden, parece decir; “como una bitácora, asilo desconcurrrido, el escaparate se ofrece indemne”, señala justamente el inicio de un poema, y en otro poema:

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En La mansedumbre del pez, Massola da testimonio de una iniciación hacia la experiencia humana del amor, de la fertilidad, donde todo se relaciona con todo. La poeta solo tiene que señalar lo que sus sentidos perciben. Así, no es difícil encontrar en el libro el sonido de los astros en comunión -a veces directa, otras no- con el sonido de los muebles de uso cotidiano, con grutas, con aguas, evidenciando que el cielo existe, que la benignidad existe.

En La mansedumbre del pez, el hablante no construye: enuncia, hace evidente lo visible en el orden cíclico de la naturaleza; aun en las cosas minúsculas: “pura simetría germinal”, menciona la voz con respecto a una flor que, como sus antecesoras, dará semillas, y en otro poema dice que, de alguna manera, todos nos alimentamos de todos, sobreviviendo al hambre de mantenernos vivos: móviles o quietos.

El laborioso andar bajo el sol, el descifrable código de miradas que no quieren decir otra cosa que solo una mirada entre dos personas, entre otros temas son solo aproximaciones de la comunión entre todos los elementos que forman este mundo, en un tremenda necesidad de abarcarlo todo:

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La mansedumbre del pez es un libro descriptivo, con ritmo cansado en el sentido de que su fluir es lento pero constante, como una marcha hacia las cosas, y sin embargo, suceda lo que suceda, la poeta solo puede verlas, sentirlas como suyas por medio de la palabra; la poeta describe la intención de los elementos, conocedora de que la auténtica calma seguirá su ritmo, sea cual este sea.

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