Poesía de José Gorostiza

José GorostizaPor Silvia Madero

La vida sucede dentro de la poesía. La vida es poesía, la cual es, según José Gorostiza en Notas sobre poesía, la relación entre la inteligencia del ser y la substancia que elabora, lo que emerge de ese ser, que tiene existencia propia en el mundo. Es la creación del hombre por medio de él mismo.

El hombre se nombra y existe. Los signos adquieren sentido más allá de lo textual. El significado está en las palabras que crean una realidad. El poeta observa esa realidad, la toca, la transforma y la hace de los demás por medio de una cosmovisión propia. 

El poeta emerge como Dios, creador de un mundo que él mismo observa y cuestiona, pero que a diferencia del filósofo, quien aplica todo el rigor del pensamiento, lo hace desde un lado más espiritual, utilizando para esto el alma y los sentidos.

El poeta mexicano José Gorostiza (1901 – 1973) se presenta como un ente que transita en estos dos puntos, pues hace filosofía por medio de la poesía. Su obra poética, aunque breve, es tan profunda en contenido que le permitió ser uno de los mejores poetas mexicanos.

Para Gorostiza, la poesía es penetradora de la palabra: aquella descompone esta y la abre a todos los matices de la significación. Se alude aquí a Lacan y a su significado y significante. Con esto, la poesía permite sacar a la luz la inmensidad de los mundos que encierra nuestro mundo.

Partiendo de este concepto, el poeta filosófico Gorostiza presenta su obra, compuesta por Canciones para cantar en las barcas, Del poema frustrado y Muerte sin fin.

Gorostiza consideraba la poesía como un canto. Es por eso que en Canciones para cantar en las barcas, el integrante del grupo literario Contemporáneos realiza por medio de la rima cantos que hablan de la vida misma.

Podría considerarse la barca como el “ser” y la vida como el mar donde habita y deambula esta carcaza. La filosofía es, pues, una característica evidente de la poesía de Gorostiza: podemos, por ejemplo, encontrar en su obra influencias del filósofo alemán Heidegger, con los tópicos de ser y tiempo. Una muestra:

UNA POBRE CONCIENCIA

…El anciano dormita…

Es tan triste la tarde para ver

Un reloj descompuesto, y la infinita

Crueldad de un calendario con la fecha de ayer.

 

…En el fino paisaje se depura

Una tristeza del atardecer,

Y el reloj descompuesto parece una dolida

Conciencia de caoba en la pared.

Por medio de metáforas, el tiempo existe de distintos modos, como un anciano (tiempo alto), como la tarde (tiempo intermedio), un reloj descompuesto (tiempo detenido), la fecha de ayer (tiempo pasado)… En fin, una serie de imágenes que muestran la vida y su inevitable curso.

Más adelante, es muy recurrente en los poemas de Gorostiza la imagen del silencio, que también nos remite al tiempo, pues el silencio es la no existencia del sonido, el sonido que hace nacer la voz, y la voz es la que crea por medio del nombramiento; entonces el silencio es igual a la nada, al no suceso.  Gorostiza habla del silencio como una casa que nadie habita, que nunca la vivieron los hombres.

En Del poema frustrado, se vislumbra una voz más estilizada, menos redundada en las imágenes naturalistas y más enfocada en la palabra, en los signos y su significación. Las imágenes del ser y el otro también aparecen en su poesía por medio de la máscara.

En este poema aparece el símbolo del espejo por medio de imágenes como los ojos (con alusión al poeta Gutierre de Cetina) y el agua, que dibujan la figura del espejo, que no es sino la búsqueda del ser por medio del rostro.

Este símbolo es muy importante en su obra, y específicamente en la publicación última Muerte sin fin, ya que es muy recurrente.  

En Muerte sin fin encontramos el estado más puro de José Gorostiza como filósofo, creador de una dialéctica metafórica, en la cual la vida sucede por medio de signos que no necesariamente llevan una línea cronológica ordenada.

Al poema le anteceden tres proverbios que aluden al ser, al tiempo y a la muerte, respectivamente. Después de esto da inicio con un “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis por un dios inasible que me ahoga”.

Sin duda, es una frase perfectamente creada, que da para un análisis exhaustivo; sin embargo, diremos que sobresale en ella la metáfora de forma y contenido. Es decir, hay un conteniente y un contenido, un cuerpo y un ser. Más adelante, esta metáfora hace aparición con mayor fuerza y constancia como “agua y vaso” (alegoría central en el poema).

El poema se va construyendo sobre la imagen de un Dios, un Dios inasible que observa al salvaje (hombre), quien, en la búsqueda de sí mismo, es reflejo en el espejo del agua, pero también es el vaso que contiene a esta.

Hay una relación intrínseca entre Dios y el hombre en Muerte sin fin. Entendemos al vaso (conteniente) como el cuerpo del hombre y al agua (contenido) como el alma que está dentro de este. Y Dios es el alma según el poema, pues es el agua que habita el hombre. Aquí podemos encontrar la influencia de Platón: se llega a la conclusión de que el alma es una noción de Dios.

El metalenguaje de este poema es en ocasiones exhaustivo, pero vasto y necesario. La vida sucede por medio de signos y símbolos, desde Dios el bueno hasta el iracundo: el nombramiento del “hombre” como tal, Adán y Eva en el paraíso, la serpiente y la costilla. También aparece el lenguaje y la muerte de este:

…cuando el hombre descubre en sus silencios

Que su hermoso lenguaje se le agosta,

Se le quema –confuso- en la garganta,

…y de su gracia original no queda

Sino el horror de un pozo desecado

Que sostiene su mueca de agonía.

Es importante este punto, pues después de la muerte del lenguaje, todo comienza a perecer, en un “frenético parto del desnacer”, según Ramón Xirau. El caos comienza, unos se devoran a otros: “… el animal, la planta a la planta, la piedra a la piedra…”.

Dios es también parte de esta muerte; él y su palabra sangrienta. Y después de Dios, y después del hombre, está el Diablo, quien llega gozoso, en medio de un baile: “TAN-TAN! ¿Quién es? Es el Diablo”. Muestra el poema la llegada de este, triunfal sobre Dios y su esqueleto, ya corroído por esta muerte violenta.

La muerte ha triunfado sobre Dios y sobre el hombre. La muerte ríe con el Diablo. La muerte es ahora sensualidad y deseo. José Gorostiza le da un final exquisito al poema, en el que la muerte no tiene fin. La muerte como seducción del hombre:

Desde mis ojos insomnes

Mi muerte me está acechando,

Me acecha, sí, me enamora

Con su ojo lánguido.

¡Anda, putilla del rubor helado,

Anda, vámonos al diablo!

Con este final perverso y certero culmina Muerte sin fin. Así como muere la vida, así mueren el hombre y el verso, porque la poesía ha de morir también.

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