Ella era una chica rara

soledad1

Por Elena Méndez

Ella era una chica rara. Tenía unos dientes protuberantes que le impedían cerrar la boca. Su uniforme de secundaria constaba de una camisa blanca y un vestido, cuyo largo le llegaba a media pantorrilla. No se atrevía a hacerle la bastilla–y cómo, si ni siquiera sabía enhebrar una aguja- porque eso sería faltar al reglamento.

Tenía problemas de coordinación, y sufría lo indecible cuando tocaba la clase de Educación Física. Porque se caía al correr. Porque era incapaz de meter un gol, o encestar, o de hacer carrera en el beis.

Era un tormento que llegara el San Valentín porque hasta sus compañeras más feas recibían un osito de peluche, un chocolate, una paleta. Y ella, nada. Jamás tuvo quién la sacara a bailar en las tardeadas, salvo otra de las chicas, la Urrutia, que no era muy agraciada tampoco, pero no era la torta, como ella.

La torta. Así se le dice a quien todos agarran de su puerquito.

Ella quisiera bloquear esos recuerdos, ahora que rebasa los treinta años, pero no olvida que un día su regalo de catorce años fue un gargajazo que le cayó desde el tercer piso, directo a la cabeza. Tampoco olvida que se reían de su nariz, esa nariz que no sabe de quién la heredó, porque su padre, el colombiano, la tenía todavía más fea. Cuenta la leyenda que ella se llama como se llama porque se parecía a dos parientas de ese padre que la abandonó. Ese que solo le dejó un par de nombres que todo mundo le cambia. Ese que no estará ahí para defenderla cuando le avienten balonazos o se burlen de su vestimenta y de su aspecto físico.

Y mucho menos olvida que los tres tipejos que la torturaban eran un pigmeo, más viejo que todos; un gordo huérfano; y un prieto molacho, hijo del chofer de un gomero. Esos cabrones. Y ella no es la única víctima, pero nadie hace nada ante esos monstruos que destruyen las celosías, se cuelgan de las aspas de los abanicos, se meten las butacas por el culo. Nadie. Todos  festejan sus atrocidades. Porque ella es la rara. Ella no estuvo en la Sócrates –escuela pública privilegiada-, como la mayoría del grupo, y fue a dar al turno vespertino, para su desgracia. Ahí donde se concentran las lacras. Ella salió con un promedio excelente de la primaria, y lloró de rabia al ver los resultados del examen de admisión, porque vio que en un grupo matutino habían quedado puros alumnos con siete. Su calificación era superior, pero carecía de palancas y, para colmo, su familia era simpatizante de la Coordinadora. Imposible pedir un favor. Porque los charros se regocijarían en negarle algo a sus contrarios, aunque fuera una petición justa.

Ya tenía tiempo encerrándose en el salón de clases durante el receso, porque para qué bajar los tres pisos, si nunca traía dinero para gastar en la tiendita, si no había novio con quién reunirse en las canchas, si todos tenían su chorcha.

Pero ella no.

Ella desearía haber sido invisible esa precisa tarde en que el prieto molacho extrajo un machete de su mochila. Ella leía un libro, sentada al final de la primera fila cercana a la puerta. Volteó al escuchar risotadas cuando este hizo la finta de atacarla. Salió del aula, callada. ¿Qué pasó justo después? No lo recuerda. Solo que le pidió al esposo de su mamá que le ayudara a reportar, en la junta de padres con el maestro asesor, a esos abusones. Y los padres los solapan, se hacen los indignados. Defienden la supuesta inocencia de sus hijos.

Ella guarda, por ahí, ese oficio que escribió, de su puño y letra, para pedir ayuda. Todavía lo recuerda y le entran ganas de morirse. Porque nunca dejaron de chingarla. Porque solo se libró de ellos cuando uno de sus secuaces –curiosamente, buen alumno y simpático- le mentó la madre al director, y una maestra lo delató y se llevaron entre las patas a todos. Apenas así. No sirvieron los múltiples reportes ni las pésimas calificaciones de los individuos. Eso fue una semana antes de culminar la secundaria. Ya para qué. Pero entonces respiró.

Y años después ella, que eres tú, googleará al prieto molacho. Y se entera de que trabaja en la Policía y aparece fichado en la Wikileaks por abusos contra los derechos humanos. Ahora tiene licencia para delinquir, te lamentas. Sabrá Dios a quién esté torturando.

Imagen extraída de vinividivinci.com.

Un comentario para “Ella era una chica rara”

  1. florentino alaniz dice:

    Me gusto el ritmo de la narración. La historia es como la de muchos que han sufrido de acoso en este “jodido” país. El final, para reflexionar y ponerse a temblar, porque no parece ficción sino la terrible realidad.

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